Archives
- 04/17 - 04/24 (2)
- 04/03 - 04/10 (2)
- 03/27 - 04/03 (4)
Me gustó aprender a hablar; sea por la especie, sea por.
Me gustó esta herencia biológica o consecuencia no tan sofísticada de una capacidad general-
Y todo lo que dicen las teorías intermedias.
A veces me gusta que sea sólo por don divino.
Don divino del caos, de la contingencia.
Dios-nada (que se manifiesta aquí en la misma palabra, este significado que sólo existe así, en estas palabras, en esta combinación que tu cabeza interpreta; ahí --en la interpretación-- reside este dios.
Un dios nada, inexistente. Una forma del lenguaje.
Una form det languag.
De esta inteligibilidad media, entre nosotros, hablantes.
Un dios de lengua -- no, no de fuego; este dios no tiene sustancia!
En cambio, es un dios ortográfico. De convención.
De convención en la palabra.
(Este blog significa: qué pasa cuando una estudiante de lingüística se mezcla con hierbas sagradas).
Entonces, decía: ahí, en decir, el dios, ¡en decir el dios!, en la d, la de de dios, de divino, de decir.
En las variedades de Holanda, en el graag alleen, geregeld (en las g como las pronuncia alguien de Rotterdam; en las g como las pronunciaba mi profesora belga). En esa G. La G de God /hot/.
Que es una h en fonema.
La h de nada.
Dios, dios,
de, por ejemplo, escribir mal, o no mal, sino rompiendo con eso que pienso que va a estar bien.
Le escribo a mi papá:
- T r a n q u i, p a p i
Y ahí debería haber una coma.
Así:
papi,
Porque es un vocativo, porque se aleja de la cláusula.
Porque me hace apelar a la realidad no-lingüística.
Pero el cambio, sigo
- t o d o v a a e s t a r b i e n.
Porque en el fondo de mi corazón, es
papi todo va a estar bien.
Esa es la sensación.
La sensación que genera sintaxis que rompe.